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martes, 3 de abril de 2012

Lo llaman Primavera, y no lo es.

En 1809, tras la entrada en España de una notable fuerza militar francesa, con el propio Napoleón al mando, las tropas expedicionarias británicas, mandadas por Sir John Moore, se vieron forzadas a retirarse de la península. Los ingleses, hubieron de cruzar los montes gallegos bajo las inclemencias climatológicas de un duro invierno, conviviendo con la fatiga y el hambre, y con el permanente hostigamiento de la vanguardia de las tropas francesas, que Napoleón había dejado en manos del mariscal Soult, a sus espaldas.

El objetivo de las tropas británicas era llegar al puerto de La Coruña, donde barcos de la Royal Navy esperaban para su repatriación. Para el exitoso cumplimiento de su misión, el general Sir John Moore, se vió obligado a plantar cara al ejército francés a las puertas de La Coruña. Tal acontecimiento sucedía un 16 de Enero de 1809, en el llano de Elviña, a los pies de La Coruña, en el marco de las guerras napoleónicas, más concretamente de la llamada en España "Guerra de la Independencia", conocida en el mundo anglosajón como "Peninsular war", y mal aceptada en Francia como "humillante tropiezo de Napoleón". 9.000 vidas les costó a los ingleses, incluyendo la del general Sir John Moore (muerto por bala de cañón), la evacuación de unos 13.000 compatriotas. Para Inglaterra, fué una victoria más moral que real, similar a la que años más tarde tendrían en Dunkerque, al comienzo de la Segunda guerra mundial. Estos hechos pasarían a la historia como "La batalla de La Coruña, o Elviña".
El pasado viernes 23 de marzo, mientras paseaba por la ciudad que habito, una extraña sensación me trajo el recuerdo de esta obra, que representa un soldado inglés del 95th de Rifles en la citada retirada, y que realicé hace tiempo para la colección privada de P.R. Devolver un libro y comprar pintura, fueron suficiente pretexto para salir de la Marcueva un rato. Se cumplía un día de la llegada de la primavera, el cielo lucía azul, y la luz que se filtraba por las ventanas invitaba a salir al mundo exterior. Con tal estampa, uno espera sentir el cálido abrazo de los rayos solares en ese despertar del letargo invernal, que es la primavera. Pero lo que obtuvo al poner un pie en la calle, fue el cortante impacto corporal de un gélido frío polar. No me dejé amilanar por eso, al fin y al cabo, soy un chico del norte (aunque sea el norte del sur). Eché mano del fular que suelo llevar en el kit de supervivencia y me dispuse a caminar con más brío, decidido a que el frío no me privaría del placer de ver los campos florecer (quien dice campos, véase jardines).

Y no, no fue el frío quien me nubló la tarde. Tras días de encierro volcado en terminar un encargo complicado, había olvidado que ese viernes, era el último día de campaña a las elecciones autonómicas del planeta Axturias. Es decir, ese día que los partidos políticos usan para insuflar ánimo a militantes y simpatizantes, intentar convencer a los indecisos, y dar la chapa a los incrédulos. La ciudad estaba empapelada, y dicho sea de paso, necesitada de un buen desempapelador que la desempapele. Allí donde había una farola, o una pared, había un cartel con propaganda electoral. Los había de todos los colores. Varios tipos de azul, varios rojos, algún que otro verde, y hasta magenta. Una amplia gama de colores cargados de promesas de revertir el gris oscuro casi negro que ensombrece el día a día.
También era amplia la variedad de mensajes de los candidatos. Estaban los que ofrecían seriedad, los que aseguraban compromiso, quienes garantizaban honradez, los que llamaban a la rebelión, y hasta uno que ofertaba ideas. Todos con el mesiánico discurso de ser la solución. Todos con un objetivo común, "vote hoy, aunque mañana haya de arrepentirse, vote!". Todos con un denominador común en su foto de portada, una lógica y blanqueada sonrisa profident. Y digo lógica, por que es de entender que hace falta mucho blanqueador para ocultar tanto sarro. Sin duda, difícil tarea. Huelga decir que en el centro de la ciudad no faltaban los coches de los partidos lanzando vía megáfono sus últimas ofertas. Como podréis imaginar, mi ilusión por embriagarme de la explosión floral de la primavera, se tornó en la necesidad de embriagarme de una bebida epirituosa cualquiera. Y es que hasta en primavera, resulta difícil ver flores entre tanto capullo (dicho sea sin acritud, ni ánimo de ofender). Al final, el resultado electoral se ha quedado en tablas. Fifty-fifty para los equipos Rojo y Azul, y pleno al One para el equipo Rosa Fucsia (por que no, no es magenta). Durante toda la campaña, todos coincidieron en la manida arenga, "todos juntos, hombro con hombro, saldremos a delante". A juzgar por sus actos en el actual tiempo de pactos, nunca un "todos" fue más excluyente, ni una mentira más repetida. Por lo que a mi respecta, ese aciago viernes, no vi más flores que las de un par de floristerías a mi paso, y ya fuera por la sobredosis propagandística, o por el frío polar, me volví a la Marcueva con un constipado de narices (nunca mejor dicho, ni tan generosas narices). En fin, moraleja, hay que cuidarse del engañoso comienzo de la primavera, puede hasta matarnos.

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